Puede ser una imagen de una personaPor: Rubén “Conejo” López
He aquí uno de los 78 capítulos que encontrarán en el libro “Dale Cutral Contame Otra Historia”. Recuerden que pueden tener acceso a su totalidad, ingresando en Tienda Ebook kindle Amazon o en el teléfono abran la aplicación KINDLE en play store. Tiene un costo de 2,99 dólares y lo pagan con la tarjeta. (Dibujo de Pacheco realizado por nuestro genial Oscar Campos)

CAPITULO XVI
PACHECO: EL FROZEN CUTRALQUENSE
Una mañana de un caluroso 18 de diciembre mientras visitaba a “Tito” Parra con la doble intención de conseguir armar un encuentro con nuestro gran artista plástico Federico Sandoval (habitual visitante de la relojería) para invitarlo a que haga un relato de su humilde y pintoresca vida y por otro lado, para que el relojero y baterista me detallara el nacimiento y la trayectoria del Grupo EDEN, músicos muy apreciados en la década del 70.
Ya al salir de aquel local y llegando a la esquina de Smidt, en calles Roca y C.H. Rodríguez, me cruzo caminando al popular “PACHECO”, obviamente ataviado en su clásica camiseta musculosa negra y pantalón del mismo tono, manos teñidas con caucho y el negro de carbono que le transfieren las gomas que repara, desparramados rulos azabaches con algunas canas rebeldes que ornamentan su larga cabellera, ojos oscuros con un especial brillo y mirada sincera, nariz aguileña, la piel curtida por las marcas que le ha sembrado la vida y una simpatía que denota que nada le importa más que respirar. Casi una atrevida copia de un “Rambo” de Sylvester Stallone de la Patagonia más rebelde.
No era anormal su ropaje para la época, si lo conocemos por demás a PACHECO es justamente porque en pleno invierno luce idéntica vestimenta con 10° bajo cero. Le solicito si podemos encontrarnos para que me cuente cosas de su vida y sobre todo esta curiosidad que nos invade a la mayoría de sus vecinos: ¿Por qué parece no sentir el frío? ¿Qué anticuerpo le permite tal atermicidad? ¿No pasa sangre por sus venas?
Me invitó a su lugar de trabajo cuando yo lo dispusiera y allí charlaríamos todo el tiempo que necesitara. No esperé más que hasta esa misma tarde y cerca de las 16 hs me dirigí al nacimiento de la calle Matorras. Me recibe con una bandeja llena de huesos con carne cocidas y un recipiente con agua, que alimentarían a los 5 o 6 perros mansos y sociables de un tamaño importante, más dos gatos, uno de color gris y el otro de la tonalidad de Garfield, que lo acompañan incondicionalmente en un cuartito de 3mts x 4mts aproximadamente, donde además están las herramientas que utiliza en su conocida gomería, una mesa de hierro y chapa y una silla desvencijada de caños que alguna vez lucieron cromados contra la pared, neumáticos para reparar y toda la humanidad de PACHECO. Despliega dos hojas de un diario Río Negro viejo sobre la mesa a manera de mantel y me invita a sentarme en esa única silla. En sintonía perfecta con el movimiento de sus labios, parecen ir sus manos acompasando cada frase cual director de orquesta, que empieza a exponer su triste, mágica e interesantísima historia de vida.
JOSÉ PACHECO ese es su verdadero nombre, nació en Plaza Huincul hace unos 67 años (supongo que en el viejo hospital de YPF, donde funciona actualmente el Museo Carmen Funes). A su familia de clase media acomodada, la conformaba un exigente, ecuánime y criterioso padre, un ypefiano muy laborioso del sector Producción, que también se las rebuscaba vendiendo chivos y bordalesas de 4 vinos: blanco, tinto, rosado y clarete, para juntar algún dinero más y que a su familia no le faltase nada. Su madre y 8 hermanos, 4 mujeres y 4 varones completaban la plantilla familiar. El primer domicilio donde vivieron fue en la esquina de Belgrano y Sarmiento, para trasladarse después a la calle San Juan Bosco, entre Tucumán y Sarmiento, siempre en Cutral Co.
Cuando él tenía 15 años aproximadamente perdió a su madre de una horrenda enfermedad y dos años más tarde fallece su padre, de tristeza sospecha José. Éste tema tan imprevisto, si bien no lo atemorizó, probablemente haya dejado secuelas en su organismo, bajando sus defensas al sentirse desamparado y huérfano de aquel bienestar que le proporcionaban sus padres. Ahora debía encarar otra vida de intenso trabajo personal para ganarse el sustento con sus propios medios. Prontamente inició su carrera laboral en distintas panaderías locales: Los Andes de don Ángel Sáez Pérez y su señora Lola, Don Bosco (de mis padres), La Mendocina de Lizardo Arias y su señora Isabel. En aquella época era un trabajo duro y de muchas horas, con bolsas de harina de 70 kg cada una y la producción era de más de 10 - 15 bolsas día, donde se armaba el pan y las galletas a mano, que se estibaban en tablas de 2 metros aproximadamente cubiertas por tendillos, una especie de tela de lona fina que permitía ir haciendo dobleces para que no se tocaran en el leudado, cada tira de pan o galleta con la siguiente pieza de masa. El lugar que mejores recuerdos le trae a su memoria, es la panadería de don Angelillo, por la calidez de sus dueños, por las pequeñas dimensiones de la estufa, de la cuadra y por la comodidad de tener una instalación de agua que llegaba a la amasadora y no tener que acarrear pesados baldes. Pero fundamentalmente por ser el lugar donde más aprendió el oficio en toda su magnitud, escondiéndose detrás de las bolsas de harina que él mismo apilaba, dejándole un pequeño cuadradito para espiar como el maestro preparaba los amasijos, ya que por entonces las recetas eran un secreto de estado intransferible, aunque solo se trataba de conocer la cantidad de bromato de potasio (la pichicata o la pichi), de sal gruesa, de levadura y de agua que se agregaba a cada bolsa de harina.
Pero allí comenzaba a aparecer una enfermedad que le transformaría su vida. En cada cambio de estación, en cada inicio de solsticio de verano e invierno, en cada equinoccio de otoño y primavera, le atacaban fuertes gripes y anginas de muy complicado tratamiento, que combatían con inyecciones de benzetacil 2.400.000 U/6 ml y en la medida que avanzaba junto a la repetición permanente de la dolencia, los efectos de la medicación eran cada vez menos efectivos.
Lo atiende un médico clínico de Plaza Huincul, de quien José reserva su identidad por puro afecto presumo y le propone hacer cambios radicales en sus conductas habituales, para poder contener ese padecimiento que le hacía tener una calidad de vida despreciable.
A partir de aquí inicia el relato en primera persona. Hay un método que si me permitís te lo comento y lo analizas, la enfermedad que vos sufres es absolutamente sanable, curable, yo te daré las técnicas José y deberás seguir cada una de las instrucciones. Estás dispuesto a desandar la experiencia me preguntó y le respondí: estoy preparado para todo, si tengo que comer tus heces “doc”, las digeriré sin asco. Me sigue narrando PACHECO: En el transcurso de dos años hice mi propia receta, leyendo mucho La Biblia, El Islam, La Torah, para no estar ignorante con lo que planteaba el galeno y me dispuse a seguir el tratamiento al pie de la letra.
El clínico me comunica, ya estás listo José. Vos irás en contra de todo y de todos, parecerás un loco, como el de la canción de Alberto Cortéz y me invitó a hacer castillos en el aire. Entonces agregó, si quieres conservar algo para que no se eche a perder donde lo colocas me preguntó, en la heladera le respondí de inmediato y si quieres que sea más prolongada la duración? En el freezer contesté sin dudar. Entonces me añadió el doctor, el calor es el enemigo, es quien se encarga de pudrir todo, el frío es el sanador.
Vamos a transformar tu vida José!!! Un sabio el médico clínico, repite orgulloso y agradecido PACHECO. Dos años de terapia con él, que le aseguraba: Vos sos el cerebro, la mística, vos lo mandás y lo ordenás al cuerpo. El cuerpo no te puede manejar a vos. Estamos creados por una fuerza energética que ordena. No somos inmortales pero podemos decidir perfectamente que hacer con nuestro cuerpo.
De ésta manera PACHECO logró controlar en un todo su cuerpo con la mente, junto a su idolatrado médico clínico, y dar por tierra y para siempre con aquella enfermedad que lo había atormentado durante largos y penosos años.
Hablamos luego de la pintura que Oscar Campos hizo de él y me mostró una de las tantas fotos que le había tomado el brillante dibujante y pintor animalista, que confundió en principio a nuestro hombre de hielo, ya que sintió que lo quería retratar cual un animal, hasta que Oscar le dijo que quería empezar a dibujar distintas caras y que la de él era muy original y atractiva como imagen. El dibujo de Campos es perfecto y PACHECO está muy feliz con el resultado.
Anteriormente lo había visitado una artista plástica canadiense, que de paso en un viaje a Bariloche y San Martín de los Andes para fotografiar y pintar la zona de Los 7 Lagos, divisó desde la ruta la figura de PACHECO con su típico atuendo y le pidió a su guía acompañante que retorne e ingrese en Cutral Co, solicitando a nuestro vecino poder fotografiarlo e invitándolo a que mirase por internet una muestra que ella realizaría en su país natal en un importante salón que no recuerda el nombre y que allí se descubriría fácilmente.
José tiene una hermosa familia constituida por su incondicional compañera Delia Freires y dos hijos adultos, Matías José que trabaja como operador de una planta de gas en Loma Negra y Franco Eduardo que se recibió de médico y se radicó en Córdoba.
PACHECO, representa para nosotros un Walt Disney con vida, al igual que el cantautor y poeta Alberto Cortez, quiso y pudo volar con las gaviotas y al principio muchos le dijeron “pobre idiota”, que con negros algodones construyó castillos en el aire y aquellos muchos que al verlo tan dichoso, pensaron que podía ser contagiosa esa rara forma de ser feliz. La conclusión fue clara y contundente, lo condenaron por su chifladura a convivir de nuevo con la gente vestido de cordura, pero él se resistió y abrió ventanas fabulosas, llenas de magia, de luz y de color, que mucho tienen que ver con el amor. Y al final voló cual gaviota y construyó castillos en el aire, aunque parezca imposible, para él no lo fue.
Salí de aquél espacio con una doble sensación, el principio de la charla me retrotrajo al cine Astral, mirando fascinado una actuación del gran TU-SAM cuando se introducía un foquito de luz encendido dentro de su cuerpo a través del esófago, se apagaban todas las luces del cine y a continuación se tragaba un sable corvo que al llegar al lugar donde alumbraba aquella bombilla generaba una imagen impresionante, lo tornaba y la punta de esa espada estiraba el cuero de su vientre hacia afuera, dejando atónitos a todos los concurrentes a esa magnífica función. Por otro lado y ya volviendo a la realidad, les comento que mientras lo escuchaba atentamente a José, ingresa un cliente a calibrar las cubiertas de una vieja Jeep Gladiator y también “Pocho” Smidt que traía un fútbol desinflado para agregarle aire y así poder regalárselo a su nieto. Debo confesar que la estadía por más de una hora en ese lugar, a mi me sirvió para emparchar el corazón y el alma, por eso quiero agradecer especialmente a “PACHEQUITO el gomero”, que parece estar construido de hielo pero que tiene un corazón más cálido que horno de panadería y por haberme permitido ser su copiloto durante ese lapso de tiempo, y haber podido acompañarlo a volar igual que las gaviotas, tal vez un tanto loco, y así emprender la retirada plena y absolutamente feliz.