Por Luciana Rosende
La OMS advirtió que el calentamiento global representa una crisis de salud. Los desafíos ante una problemática que forma parte del presente y del futuro de la humanidad, en la nota de la semana de Revista Acción.
Pocas semanas antes del final de 2024, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo un llamado de alerta ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
Advirtió que la emergencia climática que atraviesa el planeta «es fundamentalmente una crisis de salud». La asociación entre el calentamiento global y su efecto en los cuerpos no es nueva, pero su énfasis apunta en un sentido: «No se está haciendo lo suficiente» y «urge tomar medidas» porque el impacto no es una cuestión a futuro. Sucede aquí y ahora.
Según un informe difundido por Amnistía Internacional en octubre del año pasado, los fenómenos meteorológicos extremos, como olas de calor, inundaciones, sequías, incendios forestales y ciclones tropicales, «representan una grave amenaza para el derecho de las personas a la salud física y mental. No solo hay personas muertas y heridas como resultado de estos fenómenos, sino que también los centros de salud pública pueden sufrir daños y destrucción, y pueden propagarse enfermedades entre personas desplazadas». El documento cita una estimación del Foro Económico Mundial: antes de 2050 el cambio climático causará la muerte de 14,5 millones de personas.
«Es muy difícil que el ser humano tome en cuenta algunas cuestiones hasta que la situación sea verdaderamente grave, hasta que el agua llegue al cuello.
Pero en los últimos años está llegando. En todas las reuniones, congresos y cursos médicos cada vez se habla más de esto», señala Horacio Romano, director del área de Salud Ambiental de la Sociedad Argentina de Medicina (SAM). Y advierte sobre el impacto que ya está teniendo el fenómeno en los cuerpos: «Las olas de calor aumentan el daño que provoca la contaminación aérea. Aumentan las enfermedades respiratorias, los problemas oculares, de piel, los cardiovasculares. Y aumenta la carga de enfermedad: no es lo mismo tener solo hipertensión, que hipertensión y diabetes».
Además, «las olas de calor están muy relacionadas con trastornos de depresión, de angustia. Se ve un aumento importante de cuadros tras más de 3 o 4 días con temperaturas altas».
El área de Salud Ambiental de la SAM participó recientemente de una investigación que evidenció que el humo de los incendios en las islas del Delta del Paraná –que a su vez daña los humedales, reservorios que se deberían proteger para mitigar el cambio climático– elevó el número de pacientes infartados en Rosario y en la región.
Desprotegidos
Antonella Risso es consultora ambiental, fue coordinadora técnica de la organización Salud sin Daño y trabajó en la elaboración de guías de la OMS para la preparación de los hospitales para la sostenibilidad. En diálogo con Acción, advierte que el impacto del cambio climático incluye potenciar o agravar problemas preexistentes. «Algunos de esos impactos, que llevan mucho tiempo presentes, como el dengue o la contaminación del aire por incendios, toman nuevas escalas con el cambio climático acelerándose», señala.
En este contexto, la especialista remarca que América Latina debe prestar especial atención al dengue: «Si miramos los datos de la Organización Panamericana de Salud y de la OMS, vemos que en nuestra región los casos de dengue se triplicaron entre 2023 y 2024. Esto pone en jaque y desafía a cualquier sistema por más experiencia que tenga. La cantidad de casos requiere estrategias más robustas y coordinación permanente a nivel nacional y regional, algo de lo que lamentablemente Argentina hoy reniega. No investigar ni abordar dengue y cambio climático con perspectiva de salud pone en peligro a la población».
Tras haber analizado la situación de los hospitales y sistemas de salud ante este panorama, Risso asegura que «no están preparados en ningún país del mundo», para los desafíos que implica la proliferación de eventos climáticos extremos y su efecto sobre los cuerpos. «Lo vemos con claridad en Europa, donde países muy desarrollados no logran proteger a la población vulnerable y padecen muertes por el calor todos años. Países que no están acostumbrados al calor no tienen estrategias. No existe el aire acondicionado, tengan dinero o no, porque no conocían este tipo de calor. Las tareas no se adaptan, no hay sombra suficiente ni bebederos públicos que permitan limitar el impacto de este calor. La salud pública es mucho más que los hospitales, y para lidiar con las consecuencias del cambio climático, necesitamos a los sistemas de salud trabajando codo a codo con quienes piensan y diseñan las ciudades, el trabajo, el transporte, con la academia, el periodismo, con todos», insiste. Misión imposible sin andamiaje estatal.